Me viene a la cabeza mi vieja cachimba y ¡Dios... no tengo papel albal en casa! Quizás algún vecino pueda darme un poco. ¡Pero joder que digo. Es la una de la madrugada!
A duras penas recolecto por la casa cachos de papel albal arrugados y cuarteados por el tiempo. Al final consigo hacerlo. Ahora toca encender el carbón. Quemó el carbón hasta casi desintegrarlo. Puedo contemplar el infierno dentro de él. Mi respiración aviva en fuego pero el invierno llega para todos y no hay manera de encenderlo. Tras muchos intentos fallidos consigo mi propósito y arranca el ritual. La primera calada llena mis pulmones de carbón. Toso una y otra vez pero no me dio por vencido. Sigo intentándolo hasta que la expectoración parece escupir cachos de pulmón que me gritan piedad. Ahora sé como se sienten todas las aves atrapadas en el agua por algún tipo de hidrocarburo vertido al mar. Pero bueno no hay que ponerse dramático. Como mucho habré perdido un par de días de vida.
Miro por la ventana de nuevo y lo anhelo más que nunca. La niebla cada vez tapa más la ciudad. La “boina” de Madrid jamás tuvo un competidor tan fuerte.
Busco desesperadamente incienso por casa y al final lo encuentro. Esto parece irme mejor… Al encenderlo poco a poco mi habitación deja de oler como un horno de incineración de un campo de Auschwitz. Pero sigue sin ser llenarme. Quiero dejar de ver. Quiero sentirme tan volátil como el humo que nadie puede atrapar y que viaja lento, suave, silencioso, pasajero…
Mi desgastada memoria se acuerda en un acto casi de fe de una boda a la que asistí cuando tan solo era un proyecto de adolescente. Mi afán por coleccionarlo todo me había llevado a coger un pequeño paquete de cigarrillos Marlboro que daban a los invitados. ¡Bendito niño! Ya los había probado alguna vez años más tarde pero tan solo quedaba uno. Uno para un día especial. Al mirar el paquete veo la fecha.
2002.
Quizás con esto sea suficiente, quién sabe. Espero que sí. Mi último As en la manga es organizar una hoguera de libros al más puro estilo Fahrenheit 451. Pero no me hace falta. La cultura ya se quemará otro día. Lo saco, lo huelo, lo saboreo. Puedo respirar el tiempo. Puedo respirar mi niñez, mi adolescencia y mi futura madurez si es que algún día acaba de llegar. Lo enciendo y mis pulmones vuelven a contaminarse de nuevo, pero esta vez de una agradable sensación. ¡Joder eso sí que era tabaco!
La habitación se cubre de humo y el tabaco caduco, seco y aromático se mezcla con el olor del incienso que aún lucha por su protagonismo. Por fin se resecan mis ojos y puedo sentir la niebla dentro de mi, por fin puedo sentirme vació y etéreo al mismo tiempo.
Y con esto acaba mi noche de viernes. Sin duda una buena noche para empezar a escribir un blog.
Muy sugerente a la vez que bohemio. Buena metáfora...
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